Literatura
- Caléndula Espacio
- 25 mar 2020
- 28 Min. de lectura
Actualizado: 2 abr 2020
Los momentos de literatura en Caléndula son muy importantes para cada encuentro. Antes de comenzar a leer los cuentos, realizamos un ritual para traer las historias, y así crear un ambiente calmo, que genere entusiasmo y atención en todxs lxs participantes del momento, tanto niñxs como adultxs.
Les proponemos inventar sus propios rituales; con piedritas, velitas, canciones, lo que tengan en sus casas que pueda ser significativo para ellxs. También pueden armar un rinconcito de lectura con una sábana/lona/acolchado/mantel y almohadones. Es muy importante preparar el momento de lectura, para que no sea solamente leer un cuento, si no que sea un momento especial para volar con la imaginación.
"Un ritual no es otra cosa que una manera de crear espacios para algo diferente dentro de nuestra agitada vida; es una forma de definir el respeto que sentimos por una actividad determinada, de la índole que sea, y no necesita estar relacionada con la religión ni con la magia. De hecho, en casi todos los ámbitos de nuestra vida llevamos a cabo rituales".
La selección de cuentos lxs invitan a reír, emocionarse, pensar, dudar. También tiene en cuenta el momento de crecimiento que están atravesando, sus necesidades, sus posibilidades, sus intereses en cuanto a lo que lxs rodea. Acercarlxs a este mundo, transmitiendo cultura.
“…la literatura para pequeñxs no es en absoluto pequeña, porque es el campo donde se libran las más grandes batallas de la cultura y el arte…” Graciela Montes.

Cuentos de Ema Wolf
El señor Lanari

A las 9 de la mañana del domingo el señor Lanari empezó a destejerse. Y fue así: Como todos los días, antes de salir de su casa, se despidió de su perro Firulí con un abrazo y un beso en el cachete. Pero esta vez -¡oh!- una hebra de su gorro de lana quedó atrapada entre las mandíbulas de Firulí. Ninguno de los dos se dio cuenta. El señor Lanari cruzó el jardín y llegó a la vereda. Como Firulí rara vez se molestaba en abrir la boca, la hebra de lana tampoco zafó de entre sus dientes. ¡Y fue ahí justamente cuando el señor Lanari empezó a destejerse! Por suerte era domingo. A medida que se alejaba de su casa, el destejido avanzaba. Camina que te camina. Desteje que te desteje.

Detrás de él iba quedando un tallarín de lana de colores cambiantes.
El señor Lanari se sentía cada vez más disminuido: cuando paró en la esquina
de la confitería para comprar merengues ya se había destejido todo por arriba.
Encima del bolsillo del chaleco ¡no había nada!
Y así siguió.
Punto por punto, paso a paso, el destejido avanzó hasta la cintura.
Y más.
Y más abajo.
Por suerte era domingo, porque todos los domingos iba a visitar a su abuela. Cuando llegó a la puerta de la casa de su abuela, en el lugar donde debía estar el señor Lanari sólo quedaban las medias que también habían empezado a destejerse. Cuando la abuela lo vio dijo: “¡Pero qué barbaridad!”. Entonces agarró un par de agujas, ensartó los puntos sueltos de las medias y desde allí empezó a tejerlo de nuevo. Todo. Completo. Tejió al señor Lanari de pies a cabeza. Cuando llegó al gorro, naturalmente apareció Firulí con la punta de la hebra todavía en la boca. Sólo la abrió cuando los tres se sentaron a comer merengues.

Ilustraciones: http://ilustraciones.com.ar/portfolio.html
La oveja 99
Para poder dormirse, Matilde se puso a contar ovejas.
Dentro de su cabeza se figuró un cerco de alambre tendido en el medio del campo.
Las ovejas empezaron a saltar por encima del alambre. Todas en orden, como deportistas entrenadas.
- Una, dos, tres, cuatro – las contó Matilde.
Eran blancas y espumosas. Igualitas. Olímpicas. Saltaban sin equivocarse.

- Cuarenta y dos, cuarenta y tres – seguía contando Matilde y bostezaba.
Hasta que algo pasó.
Y fue a causa de la oveja 99.
Cuando le tocó el turno de saltar, se paró a tomar impulso.
Estaba un poco gorda, no era nada ágil.
Las ovejas que venían detrás se la llevaron por delante y perdieron el ritmo.
- ¡Dale, saltá! – le dijeron.
Ella se puso nerviosa.
- ¡No puedo!
Las otras protestaron.
- ¡Eso te pasa por comer tanta pasta frola!
- ¡Cuánto más me digan, menos voy a saltar! – se encaprichó la 99.
Después empezó con que no iba a saltar porque no se le antojaba, no porque no pudiera.
Las ovejas discutieron a los gritos. Unas se pusieron de su parte, otras dijeron que era una arruinatodo.
Entre dos le hicieron pie para que cruzara pero terminaron todas en el suelo. Después quisieron pasarla empujándola por el pompis, pero les dio tanta risa que la soltaron.

No había caso. No podían con ella.
Entonces una oveja fue a buscar ayuda o algo.
Encontró una grúa de las que usan en el campo para apilar bolsas de maíz.
¡Eso iba a servir!
Volvió donde estaban las otras, manejando la grúa a lo loco.
Y así fue como la cruzaron: en grúa.
A la 99 le encantó. Se balanceaba en el aire como un piano.
Las demás aplaudían y gritaban.
Sólo que con tanto escándalo Matilde se desveló y tuvo que empezar a contar de nuevo.
- Una, dos, tres…
Pero se le hizo largo y se durmió recién al amanecer: todas las demás ovejas quisieron cruzar el cerco en grúa.
La lluvia de arena

Por el año 2238 en la Tierra empezó a llover arena. No todos los días, por suerte. Tampoco era una catástrofe.
Cada tanto, en algún lugar del planeta caía una lluvia menor, que no abarcaba más de cuatro baldosas o, cuando mucho, un cantero. De arena pura.
No era una lluvia fuerte, pero sí suficiente como para estropear la comida de un pic-nic. Por ejemplo, cuando uno se llevaba un huevo duro a la boca caía la fastidiosa lluvia y arruinaba el huevo. Todo el mundo sabe lo feo que es masticar arena y huevo mezclados.
Por televisión se empezó a comentar lo que ya todo el mundo suponía: era arena de Marte.
Marte está prácticamente cubierto de arena y es el planeta vecino de la Tierra.
Además está ubicado justo encima de nuestras cabezas, según se puede ver en el cielo.
Nada extraño, entonces: la arena caía de Marte a través de alguna grieta producida por accidente, desperfecto o error humano.
Pero ocurre que en Marte también llovía arena.
La misma lluvia pigmea, breve, caía sobre los marcianos obligándolos a lavarse de nuevo la cabeza.
También allí se estropeaban los pic-nics y las siestas al aire libre, en especial las de quienes dormían de espaldas con la boca abierta.
Por supuesto, los marcianos pensaron que la lluvia venía de la Tierra, el planeta vecino que noche a noche veían en su cielo.
De la Tierra advirtieron cortésmente a Marte lo que estaba pasando. De Marte advirtieron cortésmente a la Tierra lo mismo.
Total, que los dos planetas se dieron por enterados.
Había que hacer algo.
Los habitantes de Marte revisaron con prolijidad sus inmensos arenales buscando alguna filtración.
Nada.
Estudiaron los vientos que acarreaban arena de un lado a otro, pero todo estaba en orden: ninguno se desviaba de su ruta. Las famosas tormentas marcianas estaban bajo control.
No había un solo médano que goteara arena por abajo.
En la Tierra también se preocuparon por la famosa lluvia.
Inspeccionaron metro a metro la costa del mar. La arena no se colaba por ningún agujero de las playas.
Los desiertos estaban tan llenos como siempre.
Las pistas de los circos no tenían pérdidas. Tampoco había nada sospechoso en los areneros de las plazas.
Pero la lluvia minúscula seguía.
Caía sobre el techo de un auto en Venezuela, sobre el helado de un chico en Japón o sobre la pelada de un señor en la Argentina.
Marte empezó a recriminar a la Tierra que no se ocupara debidamente del asunto. La Tierra hizo lo mismo.
Los dos planetas se disgustaron.
Marte y la Tierra primero intercambiaron cartas de protesta amistosa.
Después intercambiaron emisarios.
Señores que iban y venían, discutían mucho y trataban de ocultar el enojo con sonrisas amables.
La lluvia seguía cayendo. Taponaba las canaletas de desagüe y estropeaba el barrido de los patios.
Los dos planetas empezaron a pensar que había muy mala voluntad de parte del vecino. Y hasta que uno tiraba arena a propósito para molestar al otro.
Los diarios de la Tierra dijeron cosas horribles:
“La paz peligra si Marte no se deja de fastidiar con la arenita.”
Le gente de Marte, por su lado, pintaba leyendas en las paredes:
“¡Dejen de tirar arena, terráqueos invasores!”
Los terráqueos escribían: “Marte es un colador.”
Los marcianos contestaban: “La Tierra es una pelota pinchada.”
Las cosas se pusieron muy mal entre los dos planetas.
- ¡Manden escobas para barrer esto! –decían los marcianos.
- ¡Compren aspiradoras, tacaños! –respondían desde la Tierra.
Y todo así.
Insulto va insulto viene, los dos planetas rompieron relaciones diplomáticas.
La arena seguía cayendo aquí y allá, en esas lluvias cortas y ridículas que sacaban de quicio a cualquiera.
Entonces se habló formalmente de una declaración de guerra.
¿Guerra?
¡Guerra!
La alarma se disparó por los mil rincones planetarios. Todos se pusieron a correr como locos.
Los habitantes de la Tierra compraban fideos por si empezaba a escasear la comida.
Los habitantes de Marte preferían acaparar arroz.
El enfrentamiento era inevitable. Naves espaciales se alistaron para el combate.
Fue entonces que los chicos se decidieron.
Una tarde, a la salida de la escuela, los chicos y las chicas de Marte y de la Tierra se encontraron en el Asteroide 22. A menudo se reunían allí. Esas tardes el asteroide se convertía en un lío de mochilas y guardapolvos.
Estuvieron un rato cambiando figuritas y postales. Después se contaron todos los chistes de maestros. Al final se pusieron a discutir el asunto que los preocupaba.
El asunto era que Marte y la Tierra estaban al borde del desastre.
Charlaron. No les llevó más de diez minutos ponerse de acuerdo.
Antes de levantarse, cada chico levantó la mano derecha e hizo una promesa seria. Más que eso: hicieron un pacto de honor.
Decidieron terminar de una vez por todas con esa costumbre de sacudir arena de las zapatillas sin fijarse nunca dónde cae.
Pelos
-¡Oh, madre! ¡Me ha salido un pelo! -dijo el pequeño surubí.
En efecto, una mañana de junio de mil novecientos y pico, un jovencísimo surubí que nadaba como todos los días en el Río de la Plata se descubrió un pelo en la cabeza.

La madre se sorprendió bastante porque -ya se sabe- los peces no tienen pelos. Pero como hacen todas las madres, enseguida lo mandó a peinarse y listo.
Así empezó la mayor rareza de la historia peluda y acuática.
Porque ese pelo era apenas el principio de muchos otros pelos que vendrían. Y no sólo para el surubí, sino para todos los demás peces del río.
La causa era bien simple:
El marinero de un remolcador había volcado en el agua, por accidente, un frasco de tónico capilar.
El pobre ni se imaginó las novedades que eso iba a producir en el fondo del río.
A los sábalos les salió una melena enrulada. A los dorados, una cabellera larga y lacia.
Los patíes y los pejerreyes empezaron a peinarse con flequillo. Al principio se sentían raros con la nueva facha, pero después todo el mundo estaba encantado con sus pelos.
Las hijas más chicas de una familia de dientudos salían de paseo con trenzas.
Las palometas y las viejas se hicieron la permanente.
Nadie hablaba de otra cosa.
-¡Qué bien te queda el brushing, Ernestina! -le decía una boga a su amiga-. Yo hoy tengo el pelo horrible con tanta humedad.
Y también:
-¡Papá, quedé ciego!
-No, nene. Es el pelo que no te deja ver -protestaba el pacú-
Ñata-, ¿a este chico lo dejan entrar así a la escuela?
En cada esquina había una peluquería. Y en cada peluquería los peces se ondulaban, se alisaban, se cortaban, se estiraban, se teñían, se afeitaban, todo mientras leían revistas.
Entre los juncos crecieron grandes fábricas de peines, peinetas y gorras de baño; de champúes y fijadores; de vinchas, hebillas y secadores de pelo.
Pero nada dura en esta vida…
Y un día todo terminó como había empezado.
Una señora que volvía del Delta en una lancha colectivo dejó caer en el agua un frasco de crema para depilarse. Destapado, el frasco. Y así fue como los hermosos pelos empezaron a desprenderse de las cabezas.
Primero vinieron las calvicies y, poco a poco, avanzó la peladez.
El disgusto de los peces fue enorme. Era lógico: habituados ya a sus melenas, se veían feos sin ellas.
Y no había peluca que parara semejante desastre.
Muchos, para disimular, se raparon la cabeza y se hicieron punkies o cantantes de rock pesado.
El único que conservó restos de la era pelosa fue el bagre, que aún hoy tiene bigotes.
Así, los peces volvieron a ser como han sido siempre: calvos como huevos.
Pero todavía hoy siguen sin entender qué les pasó y por qué los pelos son cosas que aparecen y desaparecen tan locamente.
Por eso, para evitarles problemas, es mejor no tirar cosas raras al río.
Filotea
Filotea tenía que tomar una decisión importante.
- ¿Me tiro o no me tiro?
Miró para abajo.
- ¡Gggg! ¡Me da vértigo!
Volvió a mirar.
- ¡Gggggggggg!
Se dijo a sí misma: “Filotea, coraje”.
Juntó las manos, cerró los ojos, apretó la respiración, tomó impulso y… no se tiró.
- ¿Qué hago?
Se puso rodilleras, muñequeras, zapatos de corcho, un almohadón en el traste.
- Ahí voy. Un, dos trr…
No fue.
- ¡Es tan alto! ¿Y si me estrello? Necesito más protección.
Se puso un chaleco neumático, un casco, un paracaídas en la espalda. Lo último fueron las antiparras.
Entonces sí: pegó un envión y zzzzzzzz cayó planeando sobre la vereda sin romperse nada.
Las hojas como Filotea siempre exageran un poco, pero al final, se ainman y zzzzzzzz caen.

Cuentos de Laura Devetach
El Monigote de arena
La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo: —Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.

Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles. —Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena. El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada. —Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte! —¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso. —Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar. —Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco. Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo. Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas. —Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre? El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos. Monigote se sintió solo solo solo. —No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta. Hizo “cla cla cla” para llamar a las hojas voladoras. —No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando. —Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer. Pero en eso llegó el viento y armó un remolino. —¿Un monigote de arena? —silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar. “Cla cla cla”, hizo monigote porque el remolino era como una calesita. Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas. El agua se acercó tocando su piano de burbujas. Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol. Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela. Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.
El Hombrecito verde y su pájaro

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.
Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.
El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.
El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.
Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.
–¡Hola, pájaro! –le dijo.
Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas.
El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.
–¡Oh, no! –dijo verdemente alarmado.
Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verde mar.
–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las plumas.
Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto.
Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.
Todo era verdemente inútil.
Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.
Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.
Y se puso a tocar la flauta verde mirando a lo lejos.
Y de la flauta salió una música verde azul rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro.
La planta de Bartolo

Bartolo sembró un día un cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol y, cuando menos lo esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores. Pronto la planta comenzó a dar cuadernos. Eran hermosísimos, como esos que les gustan a los chicos. Tenían tapas de colores y muchas hojas muy blancas, que invitaban a hacer sumas, restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo: —¡Ahora, todos los chicos tendrán cuadernos! Pobrecitos los chicos del pueblo. Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque escribieran mucho y los fueran terminando, rezongaban y les decían: —¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen! Y los chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó: —¡Chicos!, ¡tengo cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga! ¡Vengan a ver mi planta de cuadernos! Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita de Bartolo, y todos los chicos salieron brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro, y ellos escribían y dibujaban con muchísimo gusto. Pero una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los chicos. El vendedor de cuadernos se enojó como no sé qué. Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente hasta la casa, de Bartolo. Golpeó la puerta con las manos llenas de anillos: ¡Toco toc! ¡Toco toc! —Bartolo —le dijo con falsa sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón de pelotitas de colores. —No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan. —¿No? Te daré entonces una bicicleta de oro y doscientos arbolitos de navidad. —No. —Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes. —No. —Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja. —No. —¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos? —Nada. No la vendo. —¿Por qué sos así conmigo? —Porque los cuadernos no son para vender, sino para que los chicos trabajen tranquilos. —Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo. —No. —Pues entonces —rugió con su gran boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! Y se fue echando humo como una vieja locomotora. Al rato volvió con los soldaditos azules de la policía. —¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó. Los soldaditos azules iban a obedecerle cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pájaros y los conejitos. Todos rodearon con grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron “arroz con leche”, mientras los pájaros y los conejitos le desprendían los tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al vendedor con sus calzoncillos colorados, aullando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar. —¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los ojos, mientras el vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van a dormir cuando no trabajan.
La torre de cubos

Un pez dorado

Un cuanto puajjj

El paseo de los viejitos

Poesías
Pozo redondo
Érase un pozo redondo
Réquete hondo
Pozo sin fondo.
Tiro un poema
Tiro un lápiz
Tiro un papel
Van cayendo y van a caer
En el pozo redondo
Réquete hondo
Pozo sin fondo.
Los difíciles días de la lombriz
La lombriz
nunca sabe dónde empieza ni dónde termina
por eso
los lunes
y martes
camina
para
allá.
Los miércoles descansa en línea recta.
Los jueves
y viernes
camina
para
acá.
Los sábados
y domingos
es un
anillo que se
cierra como
una O
y se queda muy tranquila
porque en esos días
no empieza ni termina
no termina ni empieza
en ninguna parte.
Cuentos Elsa Bornemann
Un Elefante ocupa mucho espacio

Canciones y cuantos de cuna para cantar y contar antes de ir a dormir

Poesías
Disparatario
Un triste disparatario
nuestro extenso mundo es.
Según lo publica el diario,
todo, todo está al revés.
Juguemos a imaginar
un bello disparatario,
donde poder deshojar
la risa, del calendario.
Imagina, imaginador, una luna enamorada de un trencito volador y que eres el payador de un patio interplanetario... Imagina, imaginero, una aldea hipnotizada por un cóndor guitarrero; que la paz es pan casero y no un cuento extraordinario...
Un bello disparatario
yo te invito a construir
(si es un mundo imaginario,
nadie lo puede prohibir...)
Inventa otra realidad,
pues de poeta y de loco,
de ganas de libertad,
todos tenemos un poco...
De árbol a estrella
De árbol en árbol
subía,
de escalera en escalera,
una niñita invisible...
(para aquel que no la viera...)
Altos verdes
perseguía
–de tronco en enredadera–
para alcanzar lo increíble:
la gran familia estrellera.
De los verdes
al celeste,
llegó la niña
un buen día
y el buen sol la hizo visible...
(para quien no la viera...)
Cuenta el que sabe de cuentos
que –mientras la fe no muera–
de árbol a estrella
es posible alcanzar lo que uno quiera.
Mi planeta
Tan pequeñito
es mi planeta
que le doy la vuelta entera en bicicleta.
Limita al norte
con una plaza
y hacia el sur con la vereda de mi casa.
Con mis amigos
limita al este
con pared de piedra libre hacia el oeste.
En mi planeta
—de claras aguas—
perdemos tiempo, vergüenzas y paraguas.
Vemos ombúes
en cada esquina
porque tenemos el alma campesina.
Y hay doce puentes
que a quien los cruce
un ángel de la guarda lo conduce.
Este planeta
—cálida estancia
de duendecitos porque sí— se llama infancia.
Sueño marino
En sueños de mar y arena
me encontré una sirena
chiquita (aunque no se explique)
como mi dedo meñique.
Ahí vi, por primera vez,
su bella cola de pez.
Coqueta, como una dama,
se lustraba cada escama.
A su pelo, color bruma,
cubría un manto de espuma.
Entonó una melodía
hermosa, salada y fría.
Y su voz me gustó tanto
que quise aprender el canto.
Pero, apenas me acerqué,
la sirenita se fue...
Se alejó muy asustada,
en su hipocampo montada...
En la huida, su collar
perdió a poco de escapar.
Pura perla, puro brillo...
Hoy lo uso como anillo.
Lo llevo (aunque no se explique)
justo en mi dedo meñique.
El humo
El humo
de las chimeneas
se va de viaje
y por eso se pone
su mejor traje.
Para
no perderse
deja sus huellas
por toda
la escalera
de las estrellas.
Canción de lo que tengo
Tengo para darte
mi oso de peluche,
un copo de nieve
dentro de un estuche
catorce boletos
de esos "capicúa"
y un collar de gotas
nuevas de garúa.
Tengo para darte
besos de juguete,
dos vueltas-manzana
en monocohete,
mi risa enjaulada,
madejas de espuma,
la mejor platea
para ver la luna.
Tengo para darte
mi mantel, mi mesa,
alguna latita
llena de tristeza,
hilos de arco iris,
que a veces consigo,
y todos mis ratos...
si tú eres mi amigo.
Pueblo de aire
Un pueblito de aire
-sin hadas ni lobo-
vive en cada globo.
A cada soplido
se forma una casa
con patio y terraza.
Por más que yo mire
No veo a su gente
porque es transparente.
Por allí trabajan,
bailan y se peinan
se aman y sueñan.
Un pueblito de aire..
Un pueblito invisible..
Parece increíble..
pues para tenerlo
preciso a mi lado
un globo inflado.
Cuentos Maria Elena Walsh
Don Fresquete

Había una vez un señor todo de nieve. Se llamaba Don Fresquete.
¿Este señor blanco había caído de la luna? –No.
¿Se había escapado de una heladería? –No, no, no.
Simplemente, lo habían fabricado los chicos, durante toda la tarde, poniendo bolita de nieve sobre bolita de nieve.
A las pocas horas, el montón de nieve se había convertido en Don Fresquete.
Y los chicos lo festejaron, bailando a su alrededor. Como hacían mucho escándalo, una abuela se asomó a la puerta para ver qué pasaba.
Y los chicos estaban cantando una canción que decía así:
“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”
Como todo el mundo sabe, los señores de nieve suelen quedarse quietitos en su lugar.
Como no tienen piernas, no saben caminar ni correr. Pero parece que Don Fresquete resultó ser un señor de nieve muy distinto.
Muy sinvergüenza, sí señor.
A la mañana siguiente, cuando los chicos se levantaron, corrieron a la ventana para decirle buenos días, pero... ¡Don Fresquete había desaparecido!
En el suelo, escrito con un dedo sobre la nieve, había un mensaje que decía:
“Se ha marchado Don Fresquete a volar en barrilete.”
Los chicos miraron hacia arriba y alcanzaron a ver, allá muy lejos, a Don Fresquete que volaba tan campante, prendido de la cola de un barrilete.
De repente parecía un ángel y de repente parecía una nube gorda.
¡Buen viaje, Don Fresquete!
La plapla
Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas “emes”, orejudas “eles” y elegantísimas “zetas”.
De pronto vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?, se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos y ya van tres.
Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla?, preguntó Felipito asustadísimo, ¿qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero... ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a la maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco.
Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primer grado, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?
Bisa vuela

Había una vez una ancianita con más años que hojas tiene un ombú. Alta y flaca y memoriosa y sabia.
Y había una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al medio por las vías del ferrocarril.
Y había en el pueblo varias familias con muchos chicos.
Y había trenes que pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros.
La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo. Guardaba cachivaches en un baúl de su antepasado el Conquistador. Y su grillo Pachimú se guardaba él solo dentro de una caja de fósforos.
Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el galpón del ferrocarril bajo las alas de un viejo avión herrumbrado, decidieron adoptar a la anciana como bisabuela de todos y llamarla Bisa.
Y desde entonces vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al ajedrez.
Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en caballo de palo y alguno en un cajón tirado por un carnero.
Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban enormes calabazas anaranjadas.
Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo avión era su famoso “Águila de Oro”.
La campeona de vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una pobre perdiz viuda.
Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el aeroplano, con la esperanza de volar algún día y llegar, por lo menos, hasta la orilla del mar.
¡Y ese día estaba cerca!
Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos, comandados por la famosa aviadora.
Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y se lo probó frente al espejo.
-No es tan distinto del uniforme de los astronautas, ¿verdad, Pachimú?
Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de astronautas.
Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras que nunca había usado: era un trofeo regalo de su madrina después de su último vuelo ¡tantos miles de días atrás!
-Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa. Y miró a Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real.
-Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú?
Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de rarezas.
Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno de sus 54 bolsillos llenos de herramientas, corrió a contarles a sus bisnietos la novedad.
Los niños, por riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada, sólo las encontraron asquerosamente sucias y empañadas.
-Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos pondré en marcha el motor -dijo Bisa.
Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la diminuta cabina, movió manivelas y palancas y… brrrrummmm… cruzó las vías y remontó vuelo.
Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después se taparon los ojos temiendo lo peor.
Seguramente ustedes también tiemblan de espanto pensando que se va a estrellar contra el más alto de los eucaliptos.
Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya no ve a sus bisnietos ni el ocre de los monótonos campos.
Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por mariposas gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un cohete espacial que pasa cerca, y allá lejos ve algunas torres de la ciudad de Bagdad.
Como le quedaba escaso combustible, al divisar una calle ancha y poco transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde estaría? ¡Buena pregunta para Pachimú!
Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un pueblo extraño se acercaban a recibirla, con sonrisas, besos, abrazos y un ramillete de margaritas.
Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el idioma de los cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar, y a él sí lo entendieron, porque los grillos cantan en un idioma universal.
Salió de su caja y del bolsillo y desde el ala del avión trabajó de traductor.
Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a Bisa como bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en una casita construida en las ramas de un árbol.
Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de bisnietos en bisnietos.
Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura media hora o tres meses –nadie lo sabe-, sigue mirando encantada por los cristales de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer.
El país de la geometría
Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?
El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.
Jo jo jo jo jo, una pincha y la otra no.
El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.
Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.
Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.
El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero... le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.
El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían...
Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.
Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.
Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:
–¿Y para qué sirve esa flor, señor Rey?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.
Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:
–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.
Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:
–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?
–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor! La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.
Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.
–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.
–Ni rastros, Majestad.
–¿Y qué diablos encontraron?
–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.
–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios).
¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!
Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:
Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.
Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.
En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.
El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:
–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?
–¡Bah, bah!... –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.
–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.
–Tonto, retonto, mañana partimos.
A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.
Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.
La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.
Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.
–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.
Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.
Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.
–Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?
Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:
–Y bueno, probemos: la la la la... Y cantó y bailó un poquito.
Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto.
Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.
Jo jo jo jo jo, y la Flor la dibujó.
Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka

Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por... –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.
En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.
Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.
Poesías
Cocodrilo
Cocodrilo come coco
muy tranquilo, poco a poco.
Y ya separó un coquito
para su cocodrilito
Nada más
Con esta moneda
me voy a comprar
un ramo de cielo
y un metro de mar,
un pico de estrella,
un sol de verdad,
un kilo de viento
y nada más.
Canción para bañar la luna
Ya la Luna baja en camisón a bañarse en un charquito con jabón. Ya la Luna baja en tobogán revoleando su sombrilla de azafrán.
Quien la pesque con una cañita de bambú, se la lleva a Siu Kiu.
Ya la luna viene en palanquin a robar un crisantemo del jardín Ya la luna viene por allí su kimono dice no, no y ella sí.
Quien la pesque con una cañita de bambú, se la lleva a Siu Kiu.
Ya la luna baja muy feliz a empolvarse con azúcar la nariz Ya la luna en puntas de pie en una tacita china toma té
Quien la pesque con una cañita de bambú, se la lleva a Siu Kiu.
Ya la luna vino y le dio tos por comer con dos palitos el arroz Ya la luna baja desde allá y por el charquito-quito nadará
Quien la pesque con una cañita de bambú, se la lleva a Siu Kiu.
Canción del Jardinero
Mírenme, soy feliz
Entre las hojas que cantan
Cuando atraviesa el jardín
El viento en monopatín
Cuando voy a dormir
Cierro los ojos y sueño
Con el olor de un país
Florecido para mí
Yo no soy un bailarín
Porque me gusta quedarme
Quieto en la tierra y sentir
Que mis pies tienen raíz
Una vez estudié
En un librito de yuyos
Cosas que sólo yo sé
Y que nunca olvidaré
Aprendí que una nuez
Es arrugada y viejita
Pero que puede ofrecer
Mucha, mucha, mucha miel
Del jardín soy duende fiel
Cuando una flor está triste
La pinto con un pincel
Y le pongo un cascabel
Soy guardián y doctor
De una pandilla de flores
Que juegan al dominó
Y después les da la tos
Por aquí anda dios
Con regadera de lluvia
O disfrazado de sol
Asomando a su balcón
Yo no soy un gran señor
Pero en mi cielo de tierra
Cuido el tesoro mejor:
Mucho, mucho, mucho amor.
Les compartimos un link donde podrán escuchar todas las canciones y poemas de María Elena Walsh (recomendamos que solo escuchen las canciones, ya que la mayoría de los videos no tiene una buena calidad estética) https://www.youtube.com/playlist?list=PLqKOv76dzOyUxV5Sn7GPx7XBDjMOlWZT6
Mitos y Cuentos tradicionales
En nuestras historias destacas de Instagram hay una serie de recomendaciones de libros que estuvimos compartiendo en el taller. Acá les compartimos algunas autoras y autores que nos gustan mucho:
María Wernicke (Contracorriente / Hay días / Mi mamá y yo / Mi papá y yo / Uno y otro / Cuando estamos juntas)
Shaun Tan (El árbol rojo)
Rachel Woodworth (Lejos, lejos de casa)
Valeria Docampo (Justo al borde / La gran fábrica de las palabras)
Oliver Jeffers (Aquí estamos / De vuelta a casa / Como atrapar una estrella / El día que los crayones renunciaron / Una niña hecha de libros / El corazón y la botella / El increíble niño comelibros)
Adam Lehrhaupt (Por favor abre este libro)
Emily Hughes (Salvaje / Como hacer una casa en un árbol / El pequeño jardinero)
Lane Smith (Había una TRIBU / El jardín del abuelo)
Maria Paula Ratti (Nos miramos / Muchas)
Amy Krouse Rosenthal (Siembra un beso)
Susy Lee (La Ola)
Vanina Starkoff (Bailar en las nubes / Árboles en el camino / La montaña)
Javier Villafañe (Patita / Los sueños del sapo)
Margarita Mainé (Malku y los cabritos / Rulos y el jardín del abuelo)




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